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Fue la semana pasada, posiblemente sea también la semana que viene, en el trayecto que va desde el vestuario a la cancha tres cuando súbitamente recordé algunos episodios del sábado 28 de febrero. El recuerdo, la imaginación y la fantasía son recursos obligatorios en esa agónica caminata, últimas trincheras de felicidad, que aprendí a practicar para enfrentar las dos horas de entrenamiento por delante.
Esa peregrinación fue especial por el cambio producido en la fisonomía de nuestro querido club de Villa Celina. El nuevo miembro, futuro testigo de los náufragos de entrenamientos físicos, al que no tardé en bautizar como el “Faro de la cancha dos o Faro de los pilares cansados”, está situado estratégicamente en la intersección de las canchas uno y dos de rugby y la cancha de hockey. Fue ese el elemento que remontó al que fue unos de los días más emocionantes de la gira a Sudáfrica 2009. El sábado 28 hacía tres días de nuestro arribo a la Ciudad del Cabo. Ese día arrancamos temprano. Me acuerdo que apuré un poco el trámite en la habitación que compartía con los jóvenes ingenieros Ferreiro y Ochoa, para llegar rápido al desayuno y no esperar mucho la omelette de queso que con cautela y puntualidad te preparaba el cocinero del Tulip Hotel. Todavía no entiendo cómo ese sujeto extraño se manejaba tan bien y sin pestañar frente a mi rústico y hambriento inglés de la mañana. La primera visita del día la hicimos a la Table Mountain. Una formación rocosa degollada formada en vaya a saber uno qué era geológica. La cuestión que al ritmo de “Funi, funi, funicula” ascendimos hasta los mil metros para chupar un poco de frío y contemplar la ciudad, la isla Roben y el océano atlántico. Terminada la visita y subidos al micro marchamos hacia la segunda visita del día “el Cabo de Buena Esperanza o The good hope Cape”. Esta vez, ya descendidos de micro, nos animamos a la caminata que terminaría apenas debajo del faro, en un balcón en el que pudimos descubrir el punto del planeta Tierra donde se encuentran los océanos Atlántico e Índico. El extremo sur del continente africano se caracteriza también por algunas cualidades negativas: no tienen viviendas, no tienen árboles, no tiene más que plantas enanas. ¿Por qué entonces –y el caso no me ha sucedido sólo a mí- esta desértica península se ha posesionado de tal modo de mi mente? No encuentro más respuesta que la de estar ahí, mirando los océanos, e imaginar ver pasar a Elcano, a Darwin, al Vasco de Gama y a Marco Polo porqué no. La jornada continuó con el almuerzo en un restaurante de una pequeña ciudad pesquera. Solo vale la mención porque debo unas disculpas, no sé a quién. Recuerdo que la cena del viernes por la noche había preguntado, Fer o Marcelo, sí para ese almuerzo queríamos pollo o pescado. Como fiel conservador que soy fui a lo seguro y elegí mi futuro rico pollito. Vaya sorpresa que me llevé al otro día cuando vi pasar esos generosos platos. No sé si era surubí correntino, raya australiana o pejerrey bonaerense, la cuestión que el instinto fue más fuerte y no dudé en poner cara de “yo dije pescado” y al sonido de “matanga” agarrar mi platito. Le pido disculpas a quien corresponda y espero que el pollo que no pidió haya estado sabroso. La tarde seguía su curso y de vuelta en la Ciudad del Cabo hicimos un breve entrenamiento en el gimnasio, como para no perder el ritmo.  Después, a eso de las 6 de la tarde, en la puerta del hotel nos subimos a otro micro. Esta vez algo no tan sofisticado, más parecido a esos que llevan presidiarios. Partimos hacia lo que sería otro momento muy bueno de la gira, el partido del Súper XIV de Stormers vs. Auckland Blues. Obviamente en el micro las simpatías ya estaban divididas. Cada cual había elegido el club de sus amores y no hicimos más que enarbolar cánticos ofensivos hacia la parcialidad contraria, situada en el otro extremo del micro. En lo personal me hice hincha y alenté fervientemente a los Stormers, hasta que empezaron a ganar los Blues y me convertí. Aguante los Blues. El partido no brilló demasiado, pero lo vivimos intensamente. Es muy posible que lo que más recuerde de esa noche sea el súper pancho con cebollitas al estilo alemán que no me comí entrando al estadio, o las hamburguesas que saboreamos junto al Pata al finalizar el partido mientras los púberes compraban sus camisetas. Y como debe ser para un día sábado, terminamos la noche conquistando los arrabales del Cabo, de milonga en milonga. Cuando todavía éramos felices porque no sabíamos que al otro día nos esperaban 25 minutos de asfalto hasta el Hamilton Club, más físico, más táctico, más caminata de vuelta al hotel con el cordobés, Adriano y peluca. Me pueden decir que eso en realidad no es un Faro y que sirve para otra cosa, no me importa. Yo estoy convencido. ¿Para qué habrán puesto el Faro de la cancha dos sino es para que me acuerde de ese día? Juani Delgado |